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La cuestión de los jueces

Al organizar un evento, un torneo especialmente, quizá uno de los aspectos más complejos es seleccionar a los jueces, cuando es que se pueden seleccionar, pues sin temor a equivocarme digo que arriba del 90% de los torneos de esgrima histórica que se organizan mundialmente se realizan con jueces voluntarios y no con jueces pagados o “profesionales”.

La principal problemática a la que nos enfrentamos es que regularmente los jueces son también competidores activos. Lo que nos deja con un par de alternativas, la primera, que los voluntarios tengan un papel ambivalente, como peleadores y como jueces, o que deban sacrificar su participación en alguna categoría (cuando hay más de una) para auxiliar como juez en la misma.

En años anteriores recurrimos a la primera de estas opciones, extrayendo de entre los peleadores a aquellos con más experiencia para ayudar como jueces, así como a aquellos con la buena voluntad de hacerlo, a largo plazo esto comenzó a generar algunos cuestionamientos entorno a si se debía ser juez y parte de un torneo, obviamente en condiciones ideales la respuesta sería no.

Así que se comenzaron a categorizar los torneos, de manera que aquellos más experimentados fungieran como jueces en categorías abiertas, y pudieran participar en categorías “avanzadas” o “por invitación” en las que voluntarios con menos experiencia tomaran el papel de juez. Esto ha derivado en categorías desbalanceadas, con competidores que buscan ejecutar técnicas y estrategias más y más complejas, y jueces que normalmente aun no son capaces de distinguirlas.

Algunos levantan la voz proponiendo la profesionalización de los jueces, presentando la remuneración económica como una justa compensación por el “sacrificio” de dejar a un lado la participación como combatiente en el torneo, o mejor aun, la creación de un cuerpo “no combatiente” dedicado únicamente a la tarea juzgar las peleas en los torneos. Suena como la alternativa lógica, y lo es, no obstante, en una comunidad pequeña y en crecimiento, como lo es la comunidad de esgrima histórica en nuestro país, esto es un lujo que aun no podemos darnos. ¿Por qué? Bueno porque entrenar jueces toma tiempo, y obviamente cuesta, lo que resultaría en un inmediato incremento a los costos de registro a los eventos.

En una conversación que tuve hace no mucho tiempo alguien me decía, más o menos, “si entrenar jueces no es difícil”, “sólo tienen que ver los golpes”, y aunque me parece una sobre-simplificación de lo que los jueces tienen que aprender a hacer, al menos en primera instancia, esa es en verdad su función más elemental. Sin embargo, el punto no es si es fácil o difícil, el punto es que se tiene que hacer, alguien tiene que hacerlo. Y mientras se hace debemos recurrir a otras alternativas.

Por otro lado, en un mundo ideal entrenar y pagar, o profesionalizar, a los jueces, resolvería este gran problema, el otro problema es que no vivimos en un mundo ideal, y es tan sencillo como voltear a ver a deportes seriamente instituidos como la esgrima olímpica, o el fútbol (el que prefieran), para darnos cuenta que un cuerpo de jueces o de árbitros profesionales (con todo tipo de tecnología a su servicio) no pondrán fin a las quejas sobre los “terribles” errores de juicio en competencia.

Así que la disyuntiva se ha presentado nuevamente ante nosotros, continuar con un sistema claramente desequilibrado, en el que los peleadores deben dejar de lado una de las principales razones por las que asisten a un evento, para ser jueces voluntarios, en el que las categorías avanzadas dejan cada vez más lejos a jueces que apenas comienzan a ganar experiencia en una nada sencilla tarea, o retornar a un sistema que algunos pueden juzgar menos justa o levemente ventajosa para algunos, en el que los voluntarios pueden ser, en efecto, juez y parte.

Y la decisión que hemos tomado es, precisamente retomar al sistema de jueces-peleadores, en una versión “mejorada” si se quiere, similar a la utilizada en otros eventos como Longpoint en los Estados Unidos, en la que un peleador persona puede fungir como juez voluntario en un grupo distinto al grupo en el que pelea. Esto, al mismo tiempo que iniciamos un programa de entrenamiento para mejorar y estandarizar la calidad de nuestros jueces.

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